Europa rechaza proteger el Estrecho de Ormuz pese a presión de Trump

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Bruselas. La guerra en Medio Oriente ha colocado al Estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más estratégicos del planeta, en el centro de una creciente tensión entre Estados Unidos y Europa. Mientras Washington presiona a sus aliados para proteger el tránsito marítimo en la zona, varios gobiernos europeos dejaron claro esta semana que no están dispuestos, por ahora, a desplegar tropas para custodiar la ruta petrolera.

El tema dominó la reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea en Bruselas, donde se evaluaron los efectos de la ofensiva militar contra Irán y el bloqueo parcial del estrecho, una vía por la que normalmente circula cerca del 20% del petróleo mundial. La interrupción del tránsito de buques petroleros ha sacudido los mercados energéticos y amenaza con extender la crisis económica más allá del Golfo Pérsico.

El detonante inmediato de la discusión fue la presión del presidente estadounidense Donald Trump, quien pidió a los países que dependen de ese corredor energético que participen activamente en su defensa. En una entrevista reciente con un diario financiero británico, Trump sugirió que los aliados de Estados Unidos deberían asumir parte del costo de garantizar la seguridad marítima en la zona, e incluso insinuó que la respuesta europea podría afectar el futuro de la alianza atlántica.

La reacción en Europa fue cautelosa. Varios gobiernos consideran que desplegar fuerzas navales o militares en el estrecho podría convertir a los países europeos en objetivos directos de Irán, un riesgo que muchos consideran innecesario en una guerra cuyo alcance estratégico aún no está claro.

Analistas de seguridad europeos señalaron que enviar tropas a la zona no solo aumentaría el peligro para las fuerzas occidentales, sino que también podría ampliar el conflicto. Desde centros de estudios estratégicos en Londres se ha advertido que los gobiernos europeos prefieren evitar cualquier movimiento que pueda interpretarse como una escalada militar.

Al inicio del encuentro en Bruselas, la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, reconoció que mantener abierto el Estrecho de Ormuz es un interés directo del bloque. Sin embargo, al concluir la reunión, la diplomática admitió que no existe consenso entre los Estados miembros para ampliar la presencia marítima europea en la región, al menos en el corto plazo.

La cautela europea se explica también por el impacto económico inmediato que el conflicto está provocando en el continente. La Comisión Europea informó que desde el inicio de la guerra los precios del gas han aumentado cerca de un 50% y los del petróleo alrededor de un 27%, una subida que golpea a economías altamente dependientes de las importaciones energéticas.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, advirtió que en apenas diez días de conflicto los países europeos han tenido que pagar unos 3.000 millones de euros adicionales por importaciones de combustibles fósiles, un recordatorio de la vulnerabilidad estructural de Europa frente a crisis energéticas externas.

La subida de precios ya está obligando a varios países del continente a adoptar medidas de emergencia. Gobiernos como los de Francia, Alemania, Italia y el Reino Unido han respaldado la liberación de millones de barriles de petróleo de reservas estratégicas, una decisión coordinada con otros miembros del G7 y con la Agencia Internacional de Energía.

Pero el impacto geopolítico de la crisis va más allá del costo de la energía. En Bruselas también crece la preocupación de que el conflicto fortalezca indirectamente a Rusia, que podría beneficiarse de los precios más altos del petróleo y el gas para financiar su guerra en Ucrania.

Funcionarios europeos han advertido que un aumento sostenido de los ingresos energéticos rusos podría prolongar el conflicto en Europa del Este. Moscú ya ha aprovechado el aumento de los precios para presentar nuevamente su petróleo y gas como alternativas en el mercado global, pese a los esfuerzos europeos por reducir su dependencia de la energía rusa desde la invasión de Ucrania en 2022.

Al mismo tiempo, la guerra en Medio Oriente amenaza con afectar el suministro de sistemas de defensa necesarios para Kiev. Diplomáticos europeos señalan que parte del equipo militar destinado a Ucrania —como los sistemas antimisiles Patriot— podría ser redirigido hacia el Golfo para proteger instalaciones petroleras y ciudades bajo ataque.

El presidente ucraniano Volodímir Zelenski afirmó recientemente que algunos países del Golfo han utilizado en pocos días más misiles interceptores Patriot que los empleados por Ucrania en años de guerra contra Rusia.

Ante esa situación, Ucrania ha comenzado a ofrecer a países del Golfo su tecnología de defensa contra drones, desarrollada durante el conflicto con Rusia, con el objetivo de reducir la demanda de misiles interceptores occidentales y asegurar que parte de esos sistemas continúe llegando al frente ucraniano.

Por ahora, la posición europea sigue siendo prudente: apoyar la estabilidad del comercio energético mundial sin convertirse en actor directo en una guerra que podría expandirse rápidamente. Pero si el bloqueo del Estrecho de Ormuz se prolonga y la presión de Washington aumenta, esa cautela podría verse sometida a una prueba cada vez más difícil.

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