Ciudad de Panamá, 25 de junio 2026. En una de las declaraciones más duras pronunciadas hasta ahora por un diplomático estadounidense en Panamá, el embajador de Estados Unidos, Kevin Marino Cabrera, aseguró que China está “castigando” al país por decisiones adoptadas por su sistema judicial y dejó claro que Washington respaldará al gobierno panameño en medio del creciente pulso geopolítico que se libra alrededor del Canal, los puertos y la influencia en la región.
Lejos del tono protocolar habitual, en declaraciones a una televisora local, Cabrera defendió con firmeza la relación entre Panamá y Estados Unidos, la calificó como una de las mejores de los últimos años y la vinculó directamente con la sintonía política entre el presidente panameño, José Raúl Mulino, y el presidente estadounidense, Donald Trump.
Según el diplomático, ambos gobiernos han consolidado una cooperación sin precedentes en seguridad, asistencia humanitaria y respaldo político en un momento en que Panamá intenta blindarse del choque entre Washington y Pekín.
“Estamos en uno de los mejores momentos de la relación”, afirmó Cabrera, al destacar que este año ya se han superado las metas de ayuda médica previstas para ciudadanos panameños a través del Comando Sur.
Lo que comenzó como un programa para atender a 10.000 personas —con cirugías de cataratas, atención para pacientes con diabetes, exámenes preventivos y otras prestaciones— ya habría alcanzado a 12.000 beneficiarios y, según el embajador, podría llegar a 15.000 antes de finalizar el año.
Pero el tono de la conversación cambió radicalmente al abordar el reciente choque diplomático desatado durante la Asamblea General de la OEA, celebrada en Panamá, donde el observador permanente de China cuestionó posiciones del gobierno panameño y desató una respuesta frontal de la Cancillería.
Cabrera no solo respaldó al canciller panameño, sino que elevó el conflicto a una denuncia política de mayor calado: acusó a Pekín de tomar represalias contra Panamá mediante un aumento de inspecciones y detenciones a buques con bandera panameña en áreas bajo control chino.
El embajador fue categórico. Sostuvo que el incremento del 400% en estas acciones no es casualidad, sino una represalia deliberada tras el fallo judicial panameño que afectó intereses vinculados a una empresa china. “No es una coincidencia. Es un castigo”, vino a decir Cabrera, quien acusó al representante chino de mentir y de intentar encubrir una presión política sobre Panamá por haber permitido que su órgano judicial actuara con independencia.
Para Washington, el mensaje es claro: la disputa ya no se limita a un desacuerdo diplomático en el pleno de la OEA, sino que expone una pugna más profunda por el control de la narrativa, la influencia regional y la capacidad de Panamá de tomar decisiones soberanas sin represalias externas.
Cabrera insistió en que la reacción de China revela una incomodidad con la existencia de instituciones que no responden al poder político, en contraste con lo que describió como una democracia funcional en Panamá y en Estados Unidos.
En ese contexto, el embajador también defendió la legitimidad del fallo judicial panameño que golpeó a la empresa en cuestión, recordando que una auditoría de la Contraloría concluyó que la compañía debía más de 600 millones de dólares al Estado panameño.
El diplomático estadounidense fue aún más lejos al sugerir que una deuda de semejante magnitud no puede leerse como una simple irregularidad administrativa, sino como un despojo al país. Ese dinero, subrayó, pudo haberse traducido en escuelas, hospitales, calles y servicios para los panameños.
La entrevista dejó otro mensaje de fondo: Estados Unidos no solo quiere mostrarse como socio de Panamá, sino como escudo político frente a la presión china. Repitió varias veces que Washington seguirá “del lado de Panamá” y defendió una relación bilateral de más de 120 años, en un momento en que el gobierno panameño intenta sostener una posición delicada: mantener sus vínculos con Estados Unidos sin convertirse en campo de batalla de la confrontación entre las dos grandes potencias.
Ese equilibrio, sin embargo, parece cada vez más difícil. Mientras Panamá insiste en que no quiere ser escenario de una disputa entre Washington y Pekín, la escena diplomática reciente demuestra que esa disputa ya está ocurriendo —y que el país, por su ubicación, por el Canal y por su valor estratégico, vuelve a quedar atrapado en el centro del tablero.
La declaración del embajador estadounidense no fue una simple muestra de apoyo bilateral. Fue una advertencia, una toma de partido y, sobre todo, la confirmación de que la guerra de influencia entre Estados Unidos y China ya no se libra en voz baja en Panamá: ahora se dice a micrófono abierto.