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¿Por qué importa?
Los fabricantes agrupados en ACEA consideran insuficiente la flexibilización de las metas de emisiones propuesta por Bruselas y advierten sobre el riesgo para la industria automotriz europea.
La situación afecta a los fabricantes tradicionales frente a la competencia de empresas chinas y a la menor demanda de vehículos eléctricos. Queda por resolver cómo la industria reducirá sus costos de producción y recuperará su rentabilidad mientras enfrenta la transición tecnológica.
Síntesis generada con IA.
Medios Internacionales/ La industria automotriz europea enfrenta una encrucijada que va más allá de la transición hacia los vehículos eléctricos: preservar su capacidad industrial frente a la creciente competencia internacional o arriesgarse a perder terreno en uno de los sectores que históricamente han sostenido la economía del continente.
La advertencia coincide con las declaraciones del consejero delegado de Renault Group, François Provost, quien pidió a la Unión Europea actuar con urgencia para evitar un deterioro irreversible de los fabricantes tradicionales. «Al final, esta industria morirá», advirtió al referirse al riesgo de que los competidores chinos sigan ganando participación en el mercado europeo mientras las empresas locales enfrentan mayores costos e inversiones.
La preocupación se produce incluso después de que la Comisión Europea propusiera flexibilizar los objetivos de reducción de emisiones para los fabricantes de automóviles. La iniciativa busca aliviar la presión regulatoria y evitar multas millonarias a las compañías que no alcancen la meta de reducir en 15% sus emisiones respecto a 2021. Sin embargo, las empresas deberán compensar los excesos a más tardar en 2027.
Para la Asociación Europea de Fabricantes de Automóviles (ACEA), la flexibilización representa un primer avance hacia una política de descarbonización más pragmática, pero no resuelve los problemas estructurales del sector.
Su directora general, Sigrid de Vries, advirtió que los próximos años «serán muy, muy difíciles», debido a la magnitud de la brecha que todavía deben cerrar los fabricantes para cumplir los compromisos ambientales.
Uno de los principales obstáculos es la demanda de vehículos eléctricos, cuyo ritmo de crecimiento ha quedado por debajo de las expectativas de la industria. Estos modelos representan alrededor del 15% de las ventas, frente al 25% que se había proyectado inicialmente para facilitar el cumplimiento de los objetivos de emisiones.
La dificultad de acelerar las ventas se suma a las fuertes inversiones que exige la electrificación, la presión sobre los márgenes comerciales y la competencia de fabricantes asiáticos que han conseguido desarrollar vehículos con estructuras de costos más competitivas.
La presencia de empresas chinas constituye otra fuente de preocupación. Marcas como BYD y Geely han ampliado su penetración en Europa y presionan a grupos tradicionales como Volkswagen, Stellantis y Renault, que deben competir en precios mientras financian la transformación tecnológica de sus operaciones.
En respuesta, Bruselas también ha planteado medidas para reducir la dependencia de China y Estados Unidos en la producción de baterías y fortalecer la fabricación europea de vehículos y componentes. La propuesta contempla elevar la participación de productos fabricados dentro del bloque en los automóviles comercializados en su mercado.
ACEA respalda el objetivo de reforzar la producción regional, aunque considera que los requisitos de contenido local deben analizarse cuidadosamente. De Vries reconoció la necesidad de reducir la dependencia de otras regiones, pero recordó que la industria europea todavía está profundamente vinculada a las cadenas internacionales de suministro.
La organización también pidió medidas para reducir los costos de producción, especialmente los relacionados con la energía, un factor que condiciona la competitividad de las plantas industriales europeas.
Las advertencias de Provost reflejan, además, la inquietud de los mercados financieros sobre la capacidad de los fabricantes tradicionales para recuperar su rentabilidad. Volkswagen, Stellantis y Renault buscan restablecer la confianza de los inversionistas después de varios ejercicios marcados por inversiones millonarias, presión sobre los márgenes y una transformación tecnológica que todavía no ofrece los resultados esperados.
El dilema de Europa ya no consiste únicamente en determinar qué tan rápido puede abandonar los motores de combustión, sino en cómo hacerlo sin desmantelar la industria que debe financiar y protagonizar esa transformación. La descarbonización perdería parte de su propósito económico si termina desplazando la producción, el empleo y la innovación hacia otros mercados.
