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Ciudad de Panamá, 16 de septiembre 2026. Más de 6,000 tortugas marinas llegaron recientemente a Playa La Marinera, en Los Santos, en una de las mayores concentraciones de anidación registradas en esta temporada. El espectáculo, que ocurre en cuestión de horas, expone al mismo tiempo la riqueza natural de Panamá y la presión creciente sobre los ecosistemas que permiten que estas especies regresen cada año.
Panamá recibe cinco de las siete especies de tortugas marinas existentes en el mundo: la lora, la verde, la carey, la boba y la baula. Sus rutas migratorias conectan las costas panameñas con otros territorios del Caribe y el Pacífico, convirtiendo al país en un punto estratégico para la reproducción y conservación de estas especies.
En el Pacífico, uno de los fenómenos más extraordinarios ocurre en Playa La Marinera e Isla Cañas, donde se producen arribadas masivas de tortugas lora. En La Marinera, un área protegida de aproximadamente un kilómetro de extensión, más de 6,000 ejemplares llegaron durante el mes pasado, informó Digna Barsallo, directora de Costas y Mares de Mi Ambiente.
El fenómeno puede repetirse varias veces al año y concentra en unas pocas horas miles de animales que buscan completar uno de los ciclos más antiguos de la naturaleza: regresar a las playas donde depositarán sus huevos.
Pero el futuro de esas arribadas depende cada vez más de lo que ocurra en tierra.
Barsallo destacó que entre las principales amenazas están la iluminación artificial, el saqueo de nidos, la depredación y la transformación de las costas. Las luces pueden desorientar a las tortugas adultas y alterar el recorrido de las crías recién nacidas, que deberían dirigirse hacia el mar y pueden terminar desplazándose hacia tierra firme.
A esta presión se suma el desarrollo urbano de las zonas costeras.
El Ministerio de Ambiente ha comenzado a identificar y caracterizar las playas de importancia para la anidación, incorporando variables ambientales, sociales y económicas. La institución también trabaja en una plataforma para registrar información sobre estos sitios y coordina con la Autoridad Nacional de Administración de Tierras (ANATI) la revisión de solicitudes relacionadas con áreas costeras. Ley de protección del Ambiente.
Entre las playas identificadas figuran La Marinera, Isla Cañas, Cambutal y Los Panamais, en Los Santos; Mata Oscura y Malena, en Veraguas; La Barqueta y Las Lajas, en Chiriquí; Punta Chame y Playa Caracol, en Panamá Oeste; Santa Clara, en Coclé; y áreas de Bocas del Toro y Darién, entre ellas Isla Colón y Playa Muerto.
La diversidad también es notable.
La tortuga carey, amenazada históricamente por el comercio de productos elaborados con su caparazón, continúa bajo protección. La tortuga boba tiene presencia principalmente en el Caribe. Y la baula, la especie de tortuga marina más grande del mundo, también utiliza las costas panameñas para reproducirse.
En Darién se registró recientemente una anidación de baula después de más de una década sin observar un evento similar.
Mientras las tortugas enfrentan estas amenazas sobre las playas, otro debate se desarrolla en torno a los ecosistemas que se encuentran bajo el agua: arrecifes coralinos, pastos marinos, manglares y otros hábitats asociados.
La Ley 304 de 2022 estableció un régimen de protección para estos ecosistemas. Su artículo 12 contempla restricciones a construcciones, modificaciones y actividades que puedan causar daño irreversible a arrecifes coralinos, pastos marinos y ecosistemas asociados.
El debate se intensificó con el Proyecto de Ley 571, que busca modificar ese marco jurídico.
Sus defensores sostienen que arrecifes y pastos marinos tienen características biológicas y dinámicas de recuperación diferentes y que, por ello, requieren tratamientos regulatorios diferenciados. La Asamblea sostiene que la reforma busca actualizar las disposiciones y precisar las competencias del Ministerio de Ambiente, la Autoridad Marítima de Panamá y la Autoridad de los Recursos Acuáticos.
Organizaciones ambientalistas, como el Centro de Incidencia Ambiental (CIAM) en cambio, han cuestionado que la reforma pueda reducir el nivel de protección establecido en 2022. Su argumento central es que el principio de no regresión ambiental impide disminuir las salvaguardas existentes sin una justificación de interés público suficientemente acreditada. Denuncia Aquí.
La controversia llegó hasta el Ejecutivo. El presidente José Raúl Mulino objetó el proyecto por razones de inconveniencia e inexequibilidad, argumentando que algunas de sus disposiciones debilitaban la protección ambiental vigente.
La Asamblea, sin embargo, insistió.
El 7 de septiembre, el Pleno aprobó nuevamente el Proyecto 571 por 50 votos a favor, seis en contra y ninguna abstención, superando las objeciones del Ejecutivo. La iniciativa establece un régimen diferenciado para los pastos marinos y mantiene disposiciones específicas para la protección de los ecosistemas marinos.
Para sus críticos, el problema no se limita al lenguaje de una reforma legislativa. Los arrecifes y pastos marinos sostienen cadenas ecológicas de las que dependen la pesca, el turismo, la biodiversidad y la protección natural de las costas.
El debate adquiere además una dimensión internacional para Panamá. El país busca proyectarse como una nación vinculada a la conservación marina y se prepara para recibir en 2027 el Congreso Mundial de Áreas Protegidas y Conservadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
En las comunidades costeras, mientras tanto, la conservación comienza con medidas mucho más concretas. En Isla Cañas, por ejemplo, los habitantes se organizan durante las temporadas de arribada para recibir visitantes y permitir la observación de las tortugas bajo condiciones controladas.
El desafío es mantener ese equilibrio: permitir que las comunidades aprovechen el valor turístico y económico de sus costas sin convertir precisamente ese atractivo en una amenaza para los ecosistemas que lo hacen posible.
Las tortugas ofrecen una imagen difícil de ignorar. Miles llegan desde el océano, excavan en la arena y depositan allí la siguiente generación. Debajo de esas mismas aguas existen arrecifes y pastos marinos que sostienen buena parte de la vida que hace posible ese ciclo.
La discusión ambiental de Panamá ya no es solamente sobre proteger una tortuga, un arrecife o una playa. Es sobre decidir cuánto desarrollo puede soportar una costa antes de perder aquello que la hace económicamente valiosa y ecológicamente irreemplazable. Las tortugas pueden regresar cada año, pero necesitan encontrar las mismas playas. Y si esos ecosistemas dejan de existir, ninguna ley, inversión turística o tecnología podrá reconstruir en una generación lo que la naturaleza tardó siglos en crear.
