Durante décadas, buena parte del empresariado latinoamericano operó bajo un dogma tan simple como peligroso, ya que mientras la última línea del estado de resultados marcara azul, el negocio gozaba de perfecta salud. Aquella inercia sirvió para expandir operaciones en períodos de bonanza, pero terminó por pasar factura. Mercados fragmentados, productividad estancada y una erosión profunda de la confianza en el sector privado son las secuelas de un modelo que simplemente agotó su margen de maniobra.
Hoy la foto es distinta, Panamá y la región navegan en un entorno macroeconómico sensiblemente más hostil. La presión por descarbonizar las rutas comerciales, la reconfiguración logística global, la pugna feroz por inversión extranjera directa y una demanda social que exige algo más que empleos cada vez más frágiles, obligan a reescribir las reglas del juego. Seguir midiendo la solidez de una corporación mirando de reojo únicamente el balance trimestral no es solo una miopía estratégica, es un riesgo operativo directo.
