Ciudad de Panamá, 22 de junio 2026. Panamá activó esta semana una nueva ofensiva diplomática para reforzar uno de los pilares de su política exterior: la neutralidad permanente del Canal.
En reuniones sostenidas durante la Semana de Alto Nivel del Bicentenario del Congreso Anfictiónico, el gobierno panameño invitó a Trinidad y Tobago, Haití y Eslovaquia a adherirse al Protocolo del Tratado de Neutralidad Permanente del Canal de Panamá, una pieza jurídica que sostiene el compromiso internacional de mantener abierta, segura y no discriminatoria la vía interoceánica.
La invitación fue encabezada por el canciller Javier Martínez-Acha Vásquez, quien aprovechó encuentros bilaterales con autoridades del Caribe y Europa para insistir en la importancia de ampliar el respaldo internacional a un régimen que, aunque sólido en el plano jurídico, sigue contando con una adhesión limitada. Hasta ahora, cerca de 40 Estados se han sumado formalmente al Protocolo, mientras más de 150 aún permanecen fuera de ese marco.
La brecha no es menor. Aunque el Tratado de Neutralidad del Canal tiene un carácter robusto y ha sido respaldado en foros multilaterales, la adhesión al Protocolo representa un paso adicional: implica que un Estado, aun sin ser parte del acuerdo bilateral original entre Panamá y Estados Unidos, reconoce formalmente la neutralidad permanente del Canal y se compromete a respetarla, así como a garantizar que los buques bajo su bandera acaten sus reglas tanto en tiempos de paz como en escenarios de conflicto.
En ese contexto, Panamá busca transformar un principio jurídico en una red más amplia de apoyos diplomáticos. Entre las adhesiones más recientes destacan Austria, que se convirtió en el Estado más nuevo en sumarse al Protocolo, y Suiza, cuyo Parlamento ya aprobó la adhesión y se encuentra en la fase de formalización del depósito correspondiente.
La agenda de reuniones del canciller panameño dejó ver que el Canal fue solo uno de los ejes de una conversación más amplia sobre seguridad, comercio y cooperación regional. Martínez-Acha se reunió con Wilfred Nicholas Morris, ministro de la Oficina del Primer Ministro de Trinidad y Tobago; con Christopher Pérez Sinckler, ministro de Relaciones Exteriores de Barbados; y con la canciller haitiana, Raina Forbin.
Con Barbados, Panamá revisó una agenda compartida centrada en el fortalecimiento del diálogo político, el desarrollo sostenible, la seguridad marítima y la defensa de la soberanía. Martínez-Acha también pidió a Bridgetown que impulse, dentro de la Comunidad del Caribe (Caricom), una mayor adhesión al Protocolo, recordando que Barbados se incorporó al acuerdo en 1987 y que su experiencia podría servir de puente para acercar al resto de las naciones caribeñas.
La reunión con Haití tuvo un tono distinto. Allí, la conversación se concentró en la crisis de seguridad que atraviesa ese país y en el impacto regional del crimen organizado. “Panamá está cerca de Haití en sus esfuerzos por combatir bandas armadas y el crimen organizado porque representan la principal amenaza para nuestras democracias”, afirmó Martínez-Acha Vásquez. Forbin, por su parte, agradeció el respaldo panameño en materia de seguridad y planteó el interés de su país en que Copa Airlines evalúe incluir a Cabo Haitiano entre sus destinos.
La invitación al Protocolo también fue extendida al ministro de Asuntos Exteriores y Europeos de Eslovaquia, Juraj Blanár, en un movimiento que confirma que la estrategia panameña no se limita al Caribe, sino que apunta a reforzar el reconocimiento global de la neutralidad del Canal en un momento de crecientes tensiones geopolíticas y disputas por las rutas del comercio internacional.
La neutralidad del Canal, consagrada tras los Tratados Torrijos-Carter, no es un concepto ceremonial. Significa que la vía debe permanecer abierta al tránsito pacífico de embarcaciones de todas las naciones, en condiciones de igualdad y sin discriminación, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra. La Organización de los Estados Americanos ha reiterado en varias resoluciones que esa neutralidad no solo es un asunto panameño, sino un interés hemisférico y global.
Dos décadas después de que Panamá asumiera el control total de la ruta interoceánica, la defensa de su neutralidad ha vuelto a ocupar un lugar central en la diplomacia del país. Esta vez, no como una cláusula del pasado, sino como una apuesta estratégica en un mundo donde el valor de los corredores marítimos ya no se mide solo en toneladas de carga, sino también en influencia, estabilidad y poder.