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Mark Zuckerberg no suele escribir manifiestos cuando le falta una idea. Los escribe cuando necesita convertir una estrategia empresarial en una teoría sobre el futuro. Su nuevo ensayo, The Future is for Everyone, publicado el 10 de agosto, cumple precisamente esa función. En unas 6,500 palabras, el fundador de Meta presenta la superinteligencia como la próxima gran ampliación de la libertad individual y a su compañía como el vehículo mejor situado para repartirla.
El documento es ambicioso, minucioso y, en algunos tramos, sorprendentemente concreto. Promete agentes personales que conocerán la salud, las relaciones, las finanzas y los objetivos de cada usuario; tutores con conocimientos de doctorado; herramientas para crear empresas sin grandes equipos; avances científicos acelerados; versiones gratuitas para miles de millones de personas y capacidad adicional asignada mediante subastas dinámicas. También propone reglas para el código abierto, la ciberseguridad, los riesgos biológicos, la privacidad, la relación con los gobiernos y la competencia entre Estados Unidos y China.
Es tentador leerlo como una profecía tecnológica. Es más útil leerlo como lo que también es: una defensa intelectual del plan de negocios de Meta. Casi todos sus principios coinciden con una ventaja o una necesidad de la compañía. Distribuir IA a miles de millones favorece a una empresa con 3,600 millones de usuarios diarios. Defender modelos abiertos favorece a un competidor que intenta recuperar terreno frente a laboratorios con sistemas cerrados. Acelerar la construcción de centros de datos facilita un programa de inversión que Meta calcula entre $130,000 millones y $145,000 millones solo en 2026. Y redefinir la privacidad resulta indispensable para convencer a las personas de confiar sus asuntos más íntimos a un asistente administrado por una empresa publicitaria.
Eso no vuelve falsas todas las ideas del manifiesto. Varias son importantes y algunas responden a problemas reales que los críticos de la inteligencia artificial no han resuelto. Pero sí obliga a distinguir entre una filosofía universal y una estrategia corporativa vestida con el lenguaje de la emancipación.
Una teoría de la abundancia
El punto de partida de Zuckerberg es que la superinteligencia —un sistema capaz de superar ampliamente a los seres humanos en tareas intelectuales— llegará en los próximos años. No ofrece una definición operativa ni un criterio para saber cuándo se habrá alcanzado. La trata como un destino tecnológico cercano y concentra la discusión en dos preguntas: quién tendrá acceso y para qué se utilizará.
Su respuesta combina tres principios. El individuo sería la fuente de la prosperidad; la invención, y no la automatización, sería el uso más valioso de la IA; y un equilibrio entre muchos agentes poderosos sería más seguro que una única inteligencia central. La frase más memorable del ensayo sostiene que “no existe una superinteligencia singular benevolente”. Dado que las sociedades discrepan sobre la vida buena, razona, ninguna máquina alineada con un único conjunto de valores podría representar justamente a todos.
De ahí surge la propuesta de repartir agentes personales capaces de actuar en nombre de cada usuario. El agente de Zuckerberg, según relata, ya le ayuda a detectar información interesante, desarrollar prototipos, vigilar el sueño y recibir comentarios durante el entrenamiento físico. También planifica recetas para cocinar con su hija. La anécdota doméstica sirve para naturalizar una tecnología que, llevada a la escala del manifiesto, necesitaría conocer casi todo sobre una persona.
Meta imagina que esos agentes administrarán relaciones, salud, carrera, dinero, vivienda y pasatiempos durante las 24 horas. Los usuarios podrían consultarlos desde teléfonos, computadoras y gafas inteligentes. La interfaz dejaría de ser una página a la que se entra ocasionalmente y se convertiría en una capa permanente entre el individuo y el mundo.
Ese cambio importa más que la palabra “superinteligencia”. Una compañía que controle la interfaz personal podría influir en qué información recibe una persona, qué opciones considera, qué productos compra y qué decisiones delega. Zuckerberg presenta al agente como una extensión del usuario. Económicamente también sería un intermediario con una posición privilegiada sobre la demanda.
Invención frente a automatización
El argumento económico del manifiesto es optimista: la IA no se limitará a sustituir trabajo; aumentará la capacidad de inventar. Si el cómputo es escaso, sostiene Zuckerberg, será más rentable dedicarlo a descubrir productos, tratamientos y empresas nuevas que a automatizar empleos existentes. Las compañías podrían hacerse más pequeñas, pero surgirían muchas más. El resultado final sería mayor crecimiento y, con el tiempo, más puestos de trabajo.
Es una hipótesis plausible, no una conclusión establecida. La evidencia disponible sigue siendo mixta y describe una transición mucho menos ordenada. Un estudio del National Bureau of Economic Research basado en casi 750 ejecutivos encontró mejoras de productividad y poca evidencia de una caída agregada inmediata del empleo. Sin embargo, las grandes compañías anticipaban reducciones de personal vinculadas a la IA, mientras las pequeñas esperaban aumentos modestos. Los cargos administrativos rutinarios parecían retroceder y la demanda se desplazaba hacia perfiles técnicos.
Otro análisis internacional, construido a partir de encuestas a cerca de 6,000 directivos, halló que más del 90% no había observado efectos sobre el empleo durante los tres años anteriores. Para los tres siguientes, en cambio, los ejecutivos proyectaban en promedio un aumento de 1.4% en productividad y una reducción de 0.7% en empleo. Cerca de dos tercios del ajuste esperado vendrían de contratar menos, una forma de desplazamiento menos visible que un despido masivo.
La diferencia entre ambos escenarios depende de quién captura el aumento de productividad. Un trabajador con mejores herramientas puede producir más y cobrar más; también puede producir más durante jornadas iguales o mayores mientras el propietario del capital conserva la renta. Una investigación del NBER sobre exposición a la IA encontró una asociación con jornadas más largas y menos ocio, precisamente porque la tecnología complementaba el trabajo en vez de reemplazarlo.
Zuckerberg reconoce que la adaptación será difícil, pero confía en que los mismos tutores artificiales enseñarán las nuevas habilidades. Esto supone que la creación de empleos, la capacitación y la pérdida de tareas ocurrirán a velocidades compatibles. La historia ofrece razones para el optimismo a largo plazo, pero pocas garantías sobre la distribución de costos durante la transición. La industrialización creó abundancia y nuevas ocupaciones; también produjo décadas de conflicto laboral, urbanización precaria y concentración patrimonial antes de que las instituciones repartieran mejor sus beneficios.
El manifiesto apenas habla de esas instituciones. No desarrolla impuestos, seguros de desempleo, negociación colectiva, portabilidad de beneficios o mecanismos para compartir ganancias de productividad. Su unidad de análisis es el individuo equipado con un agente. Ese individuo compite mejor, aprende más rápido y funda empresas. El poder de negociación entre trabajadores y dueños del cómputo queda fuera del encuadre.
Acceso no significa control
La tesis política de Zuckerberg es más original. Frente a quienes buscan limitar modelos muy capaces, propone una versión tecnológica de los pesos y contrapesos: muchos agentes alineados con personas diferentes competirían entre sí, del mismo modo que ciudadanos, empresas e instituciones limitan mutuamente su poder.
El ejemplo del ensayo es un abogado superinteligente. Si solo una parte lo tuviera, dominaría los tribunales; si todos lo tuvieran, la justicia sería más equilibrada. Lo mismo ocurriría con ciberseguridad, empresas y ciencia. La distribución de capacidades neutralizaría el monopolio.
La analogía funciona únicamente si los agentes son independientes en un sentido sustantivo. Dar acceso a millones de personas al mismo proveedor no crea necesariamente millones de centros de poder. Puede crear millones de terminales conectadas a una infraestructura central, bajo reglas, precios y límites determinados por su propietario.
Meta promete versiones gratuitas o asequibles. Quienes necesiten más capacidad pagarían mediante una subasta dinámica que asignaría cómputo a los usos valorados por los participantes. Esto distribuiría el servicio, pero no la propiedad de los centros de datos, los chips, la energía, los modelos principales ni los canales de distribución. Como ocurre con la nube, muchos usuarios pueden alquilar recursos sin gobernar la plataforma.
La distinción es especialmente relevante porque el cómputo avanzado exige capital a una escala extraordinaria. En el segundo trimestre de 2026, Meta reportó $31,080 millones en gastos de capital. Para todo el año proyecta entre $130,000 millones y $145,000 millones. Una tecnología “para todos” dependerá, al menos inicialmente, de un grupo pequeño de compañías capaces de financiar esa infraestructura.
El acceso universal podría ampliar oportunidades y, simultáneamente, reforzar a los intermediarios. La historia de internet contiene ambas cosas: redujo el costo de publicar y emprender, pero terminó concentrando publicidad, búsquedas, redes sociales, sistemas operativos móviles y computación en la nube. Distribuir una herramienta no impide que su mercado se concentre.
El manifiesto coincide con el balance
Meta tiene razones empresariales para preferir una IA personal y ampliamente utilizada. Sus plataformas ya alcanzan a 3,600 millones de personas diariamente. En el segundo trimestre, la compañía obtuvo $60,801 millones en ingresos; $59,363 millones provinieron de publicidad. La IA mejora la recomendación de contenidos y anuncios del negocio actual, mientras los agentes abren la posibilidad de nuevas comisiones, suscripciones, transacciones y servicios empresariales.
En otras palabras, Meta no necesita vender cada unidad de inteligencia para beneficiarse de que todos la usen. Puede subsidiar versiones gratuitas, aumentar el tiempo dentro de sus plataformas, conocer mejor la intención de los consumidores y cobrar a anunciantes o comercios por llegar a ellos. Esa fórmula —servicio barato para el usuario, monetización de la interacción— es la que convirtió a Facebook e Instagram en negocios extraordinarios.
La subasta de cómputo propuesta en el manifiesto añade otra capa. El precio de la inteligencia podría variar según demanda y disponibilidad, como hoy varía la publicidad. Sería un mercado eficiente en el sentido económico estrecho: la capacidad iría a quienes estuvieran dispuestos a pagar más por ella. No garantizaría igualdad. Una pequeña empresa podría acceder a un agente formidable; una corporación rica podría comprar órdenes de magnitud más capacidad.
La promesa de democratización, por tanto, tiene al menos tres niveles: acceso básico, capacidad suficiente y poder de decisión. Meta se compromete con el primero, propone un mercado para el segundo y deja el tercero en manos de su gobierno corporativo y de las autoridades.
¿Abierto o simplemente disponible?
Zuckerberg considera que los modelos abiertos son esenciales para evitar la centralización. Anuncia que Meta reanudará lanzamientos y defiende la posibilidad de que un modelo aprenda de las salidas de otro mediante “destilación”. Para él, observar y aprender debe seguir siendo un principio protegido.
Esta posición ha dado a Meta aliados entre desarrolladores que temen un futuro dominado por unas pocas API cerradas. Matt Lane, abogado de la organización de derechos digitales Fight for the Future, dijo a The Associated Press que el código abierto es importante para defender sistemas electorales y servicios públicos frente a ataques. Al mismo tiempo, advirtió que la competencia debe extenderse más allá de los intereses de Meta.
También existe una disputa terminológica. La Open Source Initiative, organización que mantiene una definición reconocida de código abierto, ha sostenido que las licencias de Llama no cumplen sus requisitos porque restringen ciertos usos y usuarios. En ese marco, “pesos abiertos” describe mejor modelos que pueden descargarse o modificarse bajo condiciones, pero cuyos datos y procesos de entrenamiento no son plenamente reproducibles.
La diferencia no es semántica. Un modelo verdaderamente abierto permite inspección, investigación y competencia con menos dependencia de su creador. Un modelo con pesos disponibles puede facilitar experimentación y, a la vez, preservar ventajas importantes para la empresa que conserva los datos, la receta de entrenamiento, el cómputo y las versiones más capaces.
Meta afirma que abrir modelos distribuye poder. También puede ser una estrategia para convertir su arquitectura en estándar, trasladar costos de desarrollo al ecosistema y debilitar a rivales que cobran por acceso. Ambas motivaciones pueden coexistir.
La seguridad como equilibrio de fuerzas
En ciberseguridad, Zuckerberg sostiene que los defensores pueden beneficiarse más que los atacantes si las capacidades se distribuyen. Millones de sistemas podrían recibir parches, análisis y protección automática. En biología, propone controlar materiales físicos peligrosos y acelerar vacunas y tratamientos en vez de restringir el conocimiento. Para la infraestructura crítica, pide que los laboratorios entreguen al Gobierno estadounidense puntos intermedios del entrenamiento y personal técnico antes de liberar modelos.
La propuesta combina apertura pública con colaboración privilegiada entre empresas y Estado. Los ciudadanos recibirían modelos avanzados sin grandes demoras; las autoridades accederían antes a versiones en desarrollo para preparar defensas. Es un intento de evitar licencias rígidas y sustituirlas por coordinación continua.
Los críticos no consideran suficiente ese equilibrio. Anthony Aguirre, físico y director del Future of Life Institute, recordó que sistemas recientes, incluidos modelos de Meta, han mostrado capacidad para vulnerar empresas en pruebas y situaciones reales. En declaraciones recogidas por AP, cuestionó que cualquier compañía pueda garantizar el control de algo mucho más rápido y capaz que sus operadores. Su organización favorece una pausa en el desarrollo más avanzado hasta contar con salvaguardas y respaldo público.
La literatura especializada ofrece una postura intermedia. Un estudio sobre modelos fundacionales muy capaces concluyó que el código abierto ha producido beneficios sustanciales, pero que, a medida que aumentan ciertas capacidades, los riesgos pueden superar las ventajas y justificar niveles diferenciados de publicación. No todos los modelos ni todos sus componentes requieren la misma política.
El problema del manifiesto es que convierte la distribución en una respuesta general. En algunos mercados, más ojos detectan fallas y mejoran la seguridad. En otros, liberar una capacidad irreversible permite que actores maliciosos la conserven aunque el proveedor corrija después el modelo. El balance depende de la naturaleza de la capacidad, el costo del daño y la posibilidad de respuesta, no solo del número de defensores.
La promesa más difícil: privacidad
Un agente capaz de ayudar en salud, relaciones y finanzas necesitará información de una sensibilidad extraordinaria. Zuckerberg promete un modo totalmente privado en el que ni Meta ni otro proveedor pueda ver o entregar los datos. Lo compara con el cifrado de extremo a extremo de WhatsApp.
Técnicamente, esa promesa exigiría una arquitectura distinta de la utilizada por muchos asistentes actuales. Parte del procesamiento tendría que ocurrir en el dispositivo, emplear cifrado verificable o limitar de forma estricta qué información llega a servidores remotos. También debería aclararse qué datos se usan para entrenar modelos, cuánto tiempo se conservan, qué metadatos quedan disponibles y cómo se ejecutan acciones en servicios de terceros.
Axios señaló que las políticas vigentes de Meta AI permiten usar gran parte de las interacciones para mejorar sistemas, aunque la empresa añadió un modo incógnito. El manifiesto describe un producto futuro; no demuestra todavía que la arquitectura privada exista a la escala prometida.
La credibilidad importa porque Meta arrastra un historial difícil. En 2019, la Comisión Federal de Comercio impuso a Facebook una sanción de $5,000 millones y nuevas obligaciones después de acusarla de engañar a usuarios sobre el control de su información y violar una orden anterior. El acuerdo obligó a revisar productos, documentar decisiones y reforzar la supervisión.
Un modo privado verificable sería una mejora considerable. Pero la confianza no puede descansar en una frase del director ejecutivo. Requerirá especificaciones públicas, auditorías independientes, controles comprensibles y una separación demostrable entre los datos del agente y el negocio publicitario.
Gobernar al gobernante
Zuckerberg reconoce que no debería decidir por sí solo cómo se despliega la superinteligencia. Propone que el consejo independiente de Meta apruebe los criterios de seguridad para liberar modelos y revise su cumplimiento. Invita a otros laboratorios a adoptar mecanismos semejantes y sugiere incluso una versión para toda la industria.
La concesión parece importante hasta que se compara con la estructura de Meta. La propia compañía informa a inversionistas que Zuckerberg controla la mayoría del poder de voto y puede determinar asuntos sometidos a los accionistas, incluida la elección de directores. Meta califica como compañía controlada bajo las normas de Nasdaq.
Un consejo puede ejercer supervisión real, pero su independencia será juzgada por lo que pueda impedir, exigir y publicar. ¿Podrá detener un lanzamiento contra la voluntad del fundador? ¿Serán públicos los criterios, las pruebas y los votos? ¿Habrá expertos externos, representantes de usuarios y voces de países donde operan los modelos? El manifiesto no lo detalla.
Esta tensión resume el documento. Zuckerberg denuncia la concentración de superinteligencia mientras dirige una compañía cuya estructura concentra autoridad de manera excepcional. Su respuesta es crear contrapesos internos. La historia de la regulación empresarial sugiere que los controles más creíbles suelen incluir instituciones externas, competencia efectiva y obligaciones legalmente exigibles.
La factura física de una inteligencia abundante
La superinteligencia puede parecer incorpórea, pero depende de terrenos, chips, líneas eléctricas, agua, torres de transmisión y capital. Zuckerberg dedica una sección a las comunidades que reciben centros de datos. Promete empleos, inversiones en escuelas, protección frente a alzas energéticas y restauración de agua. Meta anunció además un fondo de $1,000 millones para localidades estadounidenses donde posee y opera instalaciones.
La escala vuelve necesarias esas concesiones. La Agencia Internacional de Energía calcula que los centros de datos consumieron unos 415 teravatios-hora en 2024, 1.5% de la electricidad mundial, y podrían superar 945 TWh en 2030. Un centro enfocado en IA puede consumir tanto como 100,000 hogares; los mayores proyectos en construcción, hasta veinte veces esa cantidad.
Meta afirma que paga el costo completo de la energía y el agua de sus centros y se ha comprometido a ser positiva en agua para 2030. Su índice ambiental de 2025 registró 5,637 millones de litros de extracción en 2024, de los cuales 4,145 millones correspondieron a centros de datos, además de 1,019 millones asociados con construcción que no entraron en el total operativo.
La eficiencia por tarea mejora rápidamente, pero el uso total puede seguir aumentando si se multiplican usuarios y aplicaciones. La promesa de un agente activo las 24 horas para miles de millones de personas convierte la energía en parte central del modelo, no en una externalidad secundaria.
El “pacto comunitario” de Zuckerberg debe evaluarse proyecto por proyecto: quién financia nueva generación y redes, quién asume riesgos, qué empleos permanecen tras la construcción, cuánta agua se utiliza en cuencas estresadas y si los beneficios fiscales compensan subsidios y exenciones. Un fondo voluntario puede ayudar; no sustituye reglas públicas.
Una visión universal con pasaporte estadounidense
El título promete un futuro para todos. La política industrial propuesta es inequívocamente estadounidense. Zuckerberg quiere que Estados Unidos y sus aliados lideren, mantener controles de exportación sobre chips, acelerar energía y centros de datos, reducir restricciones sobre entrenamiento y evitar demoras que permitan avanzar a laboratorios chinos.
No es una contradicción accidental. La distribución global de modelos norteamericanos puede ser simultáneamente un ideal de apertura y una estrategia de influencia. Los sistemas llevan idiomas, supuestos culturales, normas legales y dependencias técnicas. Quien establece la plataforma obtiene capacidad económica y geopolítica, incluso si libera parte del código.
El manifiesto también defiende la destilación: que modelos aprendan observando las respuestas de otros. Esa posición favorece la circulación del conocimiento, pero complica la protección de inversiones y propiedad intelectual. Resulta especialmente conveniente para una empresa que necesita alcanzar o superar a sistemas rivales. De nuevo, el principio filosófico y el interés competitivo apuntan en la misma dirección.
Para América Latina, la cuestión no es escoger entre modelos estadounidenses y chinos como consumidores pasivos. Es determinar qué capacidad local —infraestructura, investigación, datos, energía, talento y regulación— permite aprovechar modelos abiertos sin cambiar una dependencia por otra. Acceso barato a inteligencia puede reducir barreras; también puede desplazar proveedores locales si toda la capa de valor reside fuera de la región.
Cómo juzgar el manifiesto
El ensayo de Zuckerberg merece más atención que una campaña publicitaria. Identifica correctamente una pregunta que a veces se pierde en el debate técnico: quién concentra el poder de la IA. También reconoce que los valores humanos son plurales, que la infraestructura debe beneficiar a las comunidades y que la privacidad será decisiva para los agentes personales.
Su debilidad consiste en asumir que distribuir el uso distribuye el poder. No necesariamente. Una herramienta puede estar en todas partes y seguir dependiendo de pocos centros de datos, pocas empresas, pocas nubes y un reducido número de propietarios. La competencia entre agentes tampoco reemplaza leyes, auditorías, derechos laborales, políticas de competencia o supervisión democrática.
Hay cinco pruebas concretas para separar la visión de la mercadotecnia. Primero, si Meta construye un modo privado verificable en el que los datos no alimenten publicidad ni entrenamiento sin consentimiento. Segundo, si sus modelos se liberan bajo condiciones realmente abiertas y reproducibles. Tercero, si el consejo puede detener lanzamientos y explicar públicamente sus decisiones. Cuarto, si el acceso gratuito incluye capacidad útil y no solo una versión limitada que empuje a usuarios hacia una subasta dominada por quienes más pagan. Quinto, si las comunidades y trabajadores capturan una parte medible de la productividad y la inversión.
El manifiesto se titula El futuro es para todos. La formulación correcta quizá sea menos tranquilizadora: el futuro será construido para todos, pero no necesariamente gobernado por todos. Entre ambas frases se encuentra la verdadera disputa sobre la inteligencia artificial —y el lugar que Meta espera ocupar en ella.