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Vamos y el dilema de los partidos políticos

La formalización de Vamos como partido político abre una disyuntiva: diferenciarse del resto de las formaciones o reproducir los problemas estructurales de la política panameña.

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Vamos y el dilema de los partidos políticos - Panamá y Centroamérica

La Coalición Vamos ha empezado su proceso de formalización como partido político. Aquí no vamos a abordar si esta decisión es correcta o incorrecta, ni si con ella están incumpliendo su discurso original; es obvio que la decisión nace del deseo de tener las mismas condiciones que sus adversarios. Para mí, lo más importante es lo que va a suceder ahora, porque Vamos se enfrenta a una disyuntiva: puede diferenciarse por completo del resto de los partidos o condenarse a la misma enfermedad crónica que aqueja a las demás formaciones políticas. ¿Y cuál es esta cuestión, se preguntarán? La falta de una cosmovisión política clara, de un proyecto de país o de una ideología determinada que diferencie a un partido de otro.

Uno de los momentos más importantes de 1984, de Orwell, es cuando se revela al protagonista que toda la ideología del Partido no es más que un invento, pues su fin último es la persecución del poder por el poder mismo. En Panamá llevamos años enfrentándonos a esta realidad de forma asquerosamente cínica y, lejos de estar horrorizados como Winston, hemos aceptado esta situación política como algo inamovible. Aquí vale la pena recordar la vieja distinción del politólogo francés Maurice Duverger entre los partidos de cuadros —maquinarias electorales armadas por las élites parlamentarias, que nunca necesitaron una doctrina que las sostuviera— y los partidos de masas, nacidos fuera del parlamento, desde sindicatos y movimientos sociales, que sí tuvieron que construir una ideología fuerte para cohesionar a sus bases. Los partidos tradicionales panameños son, en esencia, partidos de cuadros: máquinas para repartirse el Estado que jamás tuvieron que movilizar una base social real y que, por eso mismo, nunca necesitaron un cuerpo de ideas propio. Los partidos tradicionales en Panamá no son más que plataformas que distintos grupos utilizan para la captura del Estado cada cuatro años, y no lo hacen porque tengan una visión conjunta o un proyecto país, sino porque lo único que los une es el ansia de poder. Que alguien me diga, más allá del papel, cuál es la diferencia entre el PRD, el Panameñismo, el CD o RM. Más allá de sus figuras y de los intereses que defienden, se los podría intercambiar de plataforma y no cambiaría nada —cosa que, de hecho, ya ha ocurrido con los tránsfugas—. Y eso sin mencionar el personalismo que padecen la mayoría de los partidos tradicionales: todos sabemos qué familia comanda el Panameñismo, a quién le debe RM, y que el CD cambia de cacique pero no de sistema. El más diverso en este apartado es el PRD, del que no se puede decir que tenga un dueño claro, pero que vive desunido y atropellado por pugnas internas que están lejos de ser por una cuestión trascendental y más bien responden a quién va a bajarle la línea al resto.

¿Por qué es esto importante? Porque tener un proyecto político serio implica algo más que tener una causa por la cual luchar. Implica tener un plan de cómo se harán los cambios necesarios, cuáles son esos cambios, propuestas claras de cómo abordarlos, valores determinados y, por qué no, una ideología política clara. Y esto no es solo una impresión subjetiva: Panamá registra uno de los promedios de volatilidad electoral más altos de América Latina, cercano al 43%, solo comparable con países como Guatemala, Perú o Ecuador. La volatilidad electoral mide, a grandes rasgos, qué tanto cambia el voto de una elección a otra, y cuando es tan alta como la nuestra revela algo más grave que un simple gusto cambiante del electorado: revela la ausencia casi total de anclas ideológicas capaces de sostener una lealtad política real. Y esto no es un dato inofensivo, sino nocivo para la democracia misma: la ciencia política ha documentado que los sistemas de partidos con alta volatilidad tienden a producir liderazgos personalistas y populistas, y desincentivan a los gobiernos a asumir compromisos de política pública a largo plazo, porque ningún partido puede garantizar que seguirá ahí para sostenerlos. Dicho de otra forma, esa volatilidad no solo retrata el desorden de nuestros partidos: erosiona la capacidad misma de nuestra institucionalidad para planificar el futuro. Algo que trascienda al caudillo de turno y que aglutine verdaderamente lo que cree, piensa y sueña el colectivo. Que cuando el votante vaya a depositar su voto lo haga consciente de cuál es la posición del partido —y, por tanto, la del candidato— en los temas más sensibles de la vida pública. Así, cuando lleguen las grandes coyunturas, no habrá votantes sorprendidos ni decepcionados.

Esta debería ser la ruta que Vamos elija. Por un lado, resolvería una de las cuestiones que ha marcado su primer quinquenio en la Asamblea: la falta de cohesión política entre sus diputados. Dentro de la bancada inicial de Vamos convivían diputados desde los más conservadores hasta los más progresistas, y era lógico e inevitable el roce; una mayor homogeneidad ideológica evitaría, en gran parte, este tipo de conflictos. Y , más importante aún, que un movimiento como Vamos, que ha roto con todos los paradigmas de la política en Panamá, decida apostar por una política distinta —más profunda, más estructurada y más honesta— elevaría el debate político en un país donde, en estos años, ese debate no ha distado mucho del clásico “quítate tú pa’ ponerme yo”.