En Panamá, el cambio climático no llega con una sirena. Llega como una noche en la que el cuerpo no consigue enfriarse, una cuadrilla que debe bajar el ritmo antes del mediodía, un recibo eléctrico más alto o un agricultor que ya no puede confiar en el calendario de lluvias que aprendió de sus padres. También llega al lago Gatún: el mismo sistema de agua que abastece a más de la mitad de la población sostiene la ruta marítima más valiosa del país.
El calor es el hilo que conecta esas escenas. No actúa solo. Se combina con ciudades cubiertas de concreto, empleos informales sin protección, cuencas degradadas, viviendas mal ventiladas y redes eléctricas preparadas para otro clima. Por eso un aumento que parece pequeño en el promedio —unas décimas de grado por década— puede traducirse en una factura mucho mayor cuando empuja días ordinarios por encima de los límites que toleran el cuerpo, los cultivos y la infraestructura.