Durante décadas, el negocio petrolero del golfo Pérsico se organizó alrededor de una ventaja elemental: extraer crudo a bajo costo y enviarlo por la ruta más corta hacia los grandes compradores de Asia. El Estrecho de Ormuz hacía posible esa economía. Hoy, esa misma concentración se ha convertido en una vulnerabilidad que Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Kuwait están dispuestos a gastar miles de millones de dólares para reducir.
La guerra con Irán no ha borrado a Ormuz del mapa energético, pero sí ha cambiado la manera en que los productores calculan el costo de una exportación. Ya no basta con comparar la distancia, el flete y el precio del barril. Ahora cuentan la exposición a drones y misiles, la disponibilidad de seguro, la posibilidad de que un buque apague su señal para navegar y el riesgo de que una decisión política deje una carga atrapada dentro del golfo.