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Panamá vendió al exterior más camarones, bananos, madera, aceite de palma y productos industriales durante la primera mitad de 2026. El resultado ofrece una señal de resistencia en medio de tensiones arancelarias y de una recuperación bananera incompleta, pero también deja a la vista una vieja debilidad: el país compra bienes afuera a una escala muy superior.
Entre enero y junio, las exportaciones de bienes sumaron US$534.6 millones, frente a US$516 millones en el mismo período de 2025. El aumento fue de aproximadamente 3.6%, de acuerdo con los datos publicados este domingo. Al incluir zonas francas y regímenes especiales, las ventas se acercaron a US$750 millones.
En el otro lado de la balanza, las importaciones alcanzaron US$7,814.8 millones. Por cada dólar exportado en bienes, ingresaron casi US$14.62 en mercancías. La diferencia, unos US$7,280.2 millones, es amplia; interpretarla bien exige mirar qué produce Panamá y qué servicios vende al mundo.
Un crecimiento pequeño, pero extendido
Estados Unidos se mantuvo como el principal destino, con US$92.7 millones. Le siguieron Países Bajos, China continental, Taiwán, Costa Rica, India, Guatemala y México. En conjunto, esos ocho mercados recibieron cerca de dos tercios de las exportaciones de bienes registradas en el semestre.
Los camarones y langostinos congelados encabezaron la lista de productos con US$66.1 millones, equivalentes al 12.4% del total. El banano aportó US$48 millones; la madera en bruto, US$32.9 millones; y el aceite de palma, US$27 millones. Sandías, medicamentos y azúcar también ocuparon posiciones relevantes.
La composición importa tanto como el crecimiento. Productos industriales y manufacturados pueden reducir la exposición del comercio al clima y a los ciclos agrícolas. Sin embargo, expandirlos requiere plantas, certificaciones, energía confiable, financiamiento y compradores estables, inversiones que no aparecen automáticamente cuando se abre un nuevo mercado.

La distancia entre materia prima y valor
El caso de la madera resume el desafío. Panamá dispone de plantaciones que llegan a edad de aprovechamiento, pero una parte importante sale con poco procesamiento local. Convertir madera en componentes, muebles o productos certificados podría aumentar el ingreso por tonelada y sostener empleos industriales, aunque también demanda capital y trámites previsibles.
Algo parecido ocurre con el agro. Vender fruta fresca genera divisas, pero procesar, empacar y desarrollar marcas puede retener más valor. No todos los productos deben industrializarse dentro del país; la decisión depende de escala, energía, transporte y demanda. La política útil consiste en identificar dónde sí existe una ventaja económica comprobable.
La Asociación Panameña de Exportadores prepara junto con el Ministerio de Comercio e Industrias una misión a Curaçao del 18 al 21 de agosto. El encuentro reunirá a compradores del Caribe y a alrededor de 50 empresarios panameños. La oportunidad es cercana, pero los pedidos sólo podrán crecer si la oferta local responde en volumen y plazo.
Lo que realmente dice la brecha
Las compras externas estuvieron dominadas por bienes esenciales para la actividad productiva y el consumo. El diésel representó US$558 millones; los combustibles para reactores y turbinas, US$483.9 millones; y una partida de gasolina sin plomo, US$362.5 millones. También destacaron medicamentos, vehículos y maíz amarillo.
Una factura importadora alta no significa que todo ese dinero sea consumo improductivo. Combustible, maquinaria, insumos y medicamentos sostienen empresas y hogares. Parte de las importaciones también alimenta la plataforma logística y comercial. El problema aparece cuando la economía no genera suficiente valor adicional alrededor de esos bienes.
La comparación tampoco incluye por completo la fortaleza panameña en servicios. El Canal, los puertos, la aviación, la banca, el turismo y otras actividades venden servicios al exterior y producen ingresos que no figuran como exportaciones de mercancías. Por eso, la brecha de bienes no debe confundirse con una radiografía total de la economía ni con la cuenta corriente.
Aun con esa salvedad, el dato sirve como termómetro de la capacidad productiva. Panamá depende del exterior para combustibles, alimentos, medicamentos y manufacturas, mientras su canasta exportadora de bienes sigue siendo relativamente pequeña y concentrada. Diversificar no es un eslogan: exige empresas capaces de entregar calidad repetida a precios competitivos.
La segunda mitad del año
El Caribe ofrece una ruta de expansión por proximidad y por el encarecimiento de trayectos desde Asia. Estados Unidos también puede abrir espacio si los cambios arancelarios afectan más a competidores. Pero esas ventajas son coyunturales; ninguna sustituye productividad, infraestructura, promoción comercial y reglas estables.
El Niño añade incertidumbre para cultivos y agua, mientras el banano continúa recuperándose. Para los exportadores, la pregunta no es sólo cuántos compradores aparecerán, sino cuánto pueden producir sin sacrificar calidad. Aumentar pedidos sin capacidad suficiente puede elevar costos y dañar relaciones comerciales recién construidas.
El primer semestre deja así dos historias simultáneas. Las exportaciones avanzaron y algunos productos encontraron más espacio. Al mismo tiempo, la distancia frente a las importaciones recuerda que Panamá todavía captura poco valor en el comercio de bienes. El próximo salto no dependerá únicamente de vender más toneladas, sino de vender productos más elaborados y de sostenerlos en el tiempo.