Escuchar este artículo
Preparando audio…
América Latina y el Caribe produjeron más electricidad en mayo, pero no de la misma manera que un año antes. La generación regional llegó a 176 teravatios hora (TWh), un aumento de 4,1% frente a mayo de 2025. Detrás de ese crecimiento hubo una sustitución relevante: la hidroelectricidad retrocedió y el sistema recurrió a más gas natural, carbón y derivados del petróleo.
El cambio aparece en el reporte mensual de generación eléctrica de la Organización Latinoamericana y Caribeña de Energía (OLACDE). La región conservó una matriz mayoritariamente renovable, con un índice de 64%, pero el dato agregado oculta una vulnerabilidad conocida por Panamá: cuando falta agua, la electricidad no deja de producirse; cambia la fuente que la produce y, con ella, pueden cambiar los costos y las emisiones.
La hidroelectricidad siguió siendo la principal fuente regional, con 43,4% del total. El gas natural ocupó el segundo lugar, con 24,4%, y la generación eólica alcanzó 11,6%. Después aparecieron el petróleo y sus derivados, con 5,8%; la solar, con 4,7%; la bioenergía, con 3,8%; el carbón, con 3,4%; la nuclear, con 2,4%; y la geotermia, con 0,5%.
Diez TWh menos de hidroelectricidad
La comparación interanual revela la parte más significativa del informe. La generación hidroeléctrica cayó 10 TWh respecto de mayo de 2025. Esa reducción fue compensada por un incremento de 6 TWh en gas natural, 4,4 TWh en energía eólica, 3,3 TWh en carbón y 1,9 TWh en petróleo y derivados.
La eólica ayudó a amortiguar la pérdida de agua con una fuente limpia. Pero el resto del reemplazo provino en buena medida de plantas térmicas. No se trata de que América Latina haya abandonado su ventaja renovable: durante los 13 meses examinados, la proporción de electricidad renovable se mantuvo entre 63% y 72%. Se trata de que esa ventaja continúa descansando fuertemente sobre la disponibilidad hídrica.
Ese patrón tiene consecuencias económicas. Las hidroeléctricas no compran combustible para generar cada unidad de electricidad. Las plantas de gas, carbón o derivados del petróleo sí dependen de suministros que pueden estar expuestos a precios internacionales, transporte, seguros y tensiones geopolíticas. Cuando el despacho térmico aumenta, la presión no siempre llega de inmediato a la factura del consumidor, pero aparece en el costo del sistema y en los mecanismos con los que cada país estabiliza sus tarifas.
La advertencia que ya alcanzó a Panamá
El informe de OLACDE presenta el panorama regional y no publica en su texto una desagregación detallada para Panamá. Sin embargo, la señal coincide con una decisión adoptada en el país un mes después del período analizado.
El 30 de junio, el Centro Nacional de Despacho de ETESA suspendió las exportaciones de hasta 200 megavatios hacia Centroamérica para priorizar el abastecimiento interno. La empresa explicó que los lagos Fortuna y Bayano registraban niveles bajos como consecuencia de las condiciones asociadas con El Niño.
La suspensión no significó que Panamá estuviera a oscuras. Fue una medida preventiva para conservar margen operativo. Pero mostró cómo la hidrología puede convertir rápidamente una ventaja exportadora en una política de cautela: el mismo sistema que vende excedentes cuando hay suficiente agua debe reservarlos cuando los embalses pierden capacidad.
Para Panamá, el problema no consiste en elegir entre hidroeléctricas y plantas térmicas como si una fuente pudiera eliminar a la otra. El reto es disponer de una mezcla que resista sequías, picos de demanda y fallas sin depender excesivamente de combustibles importados ni trasladar toda la volatilidad a hogares y empresas.
Una región limpia, aunque muy desigual
Nueve de los 27 países miembros de OLACDE superaron en mayo el índice regional de renovabilidad de 64%. Paraguay alcanzó 100%; Costa Rica, 96%; Uruguay, 94%; Brasil, 89%; Colombia y Venezuela, 82% cada uno; Belice, 75%; Ecuador, 72%; y Perú, 66%.
Las cifras no son una clasificación simple de desempeño. Un porcentaje renovable alto puede depender de condiciones geográficas excepcionales, de la demanda del mes o de lluvias favorables. También puede coexistir con redes frágiles, pérdidas de distribución o tarifas elevadas. Aun así, muestran que varios sistemas latinoamericanos ya operan con niveles de renovabilidad que otras regiones se han fijado como objetivo de largo plazo.
El desafío es conservar esa ventaja cuando el clima deja de cooperar. La energía solar y eólica pueden reducir la presión sobre el agua, pero necesitan transmisión, respaldo, almacenamiento y reglas que permitan incorporar nueva capacidad sin comprometer la estabilidad. La interconexión regional también ofrece una defensa: un país con escasez puede comprar energía a otro con excedentes, siempre que las líneas estén disponibles y los vecinos no enfrenten el mismo fenómeno climático.
El crecimiento de la demanda no espera
La generación de mayo aumentó 7,32% frente a abril, y OLACDE atribuye el avance mensual principalmente a factores climáticos y a una mayor demanda. Todas las fuentes crecieron frente al mes anterior, salvo la bioenergía.
Más demanda suele acompañar la expansión económica, el uso de aire acondicionado y la electrificación de actividades que antes consumían combustibles directamente. Pero también exige invertir antes de que el consumo llegue. Una planta puede tardar años en construirse; una línea de transmisión, incluso más si enfrenta permisos, servidumbres o disputas comunitarias.
En ese contexto, el 64% renovable de mayo es una fortaleza, no una garantía. América Latina genera una porción limpia de electricidad inusualmente alta, pero la caída hidroeléctrica demuestra que la composición puede deteriorarse con rapidez. La próxima etapa de la transición será menos visible que instalar paneles o turbinas: modernizar redes, ampliar almacenamiento y coordinar sistemas para que una sequía no tenga que resolverse, una y otra vez, quemando más combustible.
