Durante más de un siglo, el “sueño americano” ha simbolizado la idea de movilidad social y progreso individual. Pero en el siglo XXI, esa aspiración ya no pertenece únicamente a los Estados Unidos. El modelo panameño, con su estabilidad macroeconómica, su plataforma logística y su apertura al comercio global, ofrece un terreno fértil para quienes buscan prosperar sin emigrar. En Panamá, el sueño no se persigue cruzando fronteras, sino transformando las que existen.
Panamá ha construido, en apenas tres décadas, una economía orientada a los servicios, con una de las tasas de crecimiento más altas de América Latina. En 2024, el país creció un 6,3 %, impulsado por sectores como el transporte, las telecomunicaciones y las exportaciones logísticas, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censo. A ello se suma un elemento estructural que pocos países de la región pueden ofrecer: una economía dolarizada, inflación controlada y una conectividad que la sitúa como puerta comercial entre dos océanos.
Ese entorno ha permitido que Panamá funcione como un laboratorio de movilidad económica interna. No se trata de un espejismo: el emprendimiento y la innovación crecen a paso sostenido. El Monitor Global de Emprendimiento (GEM) reportó un incremento de seis puntos en la actividad emprendedora temprana entre 2021 y 2022, mientras que más del 50 % de los adultos afirma tener las competencias necesarias para iniciar un negocio. En otras palabras, existe talento, intención y una base estructural que permite pensar el progreso sin pasaporte extranjero.
Sin embargo, alcanzar el equivalente panameño del “sueño americano” requiere algo más que voluntad individual. Persisten barreras estructurales que atenúan el entusiasmo. La burocracia, la limitada disponibilidad de capital de riesgo y la escasa articulación entre el Estado, la academia y el sector privado dificultan la maduración de proyectos. El propio GEM identifica una caída en el indicador de “programas gubernamentales de apoyo al emprendimiento”, que pasó de 4,8 a 4,1 en un solo año. Esa cifra resume la paradoja: hay energía social, pero falta un ecosistema cohesionado que la canalice.
La confianza institucional es otro componente clave. Casos recientes, como la suspensión del contrato minero de Cobre Panamá, demostraron cómo la volatilidad jurídica puede alterar la percepción de estabilidad económica. Si Panamá aspira a convertirse en un punto de atracción para capital y talento, la previsibilidad regulatoria deberá ser un compromiso de Estado, no un gesto coyuntural.
Aun así, el panorama no es pesimista. La digitalización y la apertura comercial permiten que una generación joven construya negocios orientados al mundo desde suelo panameño. Plataformas tecnológicas, fintechs y exportadores de servicios están trazando rutas distintas, en las que el éxito ya no depende de emigrar. Como señaló el economista Felipe Chapman en una entrevista reciente, “Panamá puede ser un país pequeño, pero su mercado real no tiene fronteras; el desafío está en pensarlo así”.
El sueño americano, reinterpretado desde Panamá, no es una fantasía nacionalista ni un acto de fe. Es un proyecto posible si se combinan visión, disciplina y políticas que acompañen el riesgo. En tiempos donde muchos países retroceden hacia el proteccionismo o la desconfianza, Panamá tiene una oportunidad: demostrar que el progreso no siempre está al norte, sino en la capacidad de imaginarlo desde el propio lugar.
______
Autor: Magdiel Torres, periodista y escritor.

