En un mundo de intereses cruzados, la relación entre Panamá y Estados Unidos ha demostrado que la pragmática supera la retórica. Ambos países comparten objetivos claros: estabilidad económica, seguridad regional y competitividad.
El diálogo político y comercial entre ambos gobiernos mantiene una orientación funcional. Panamá necesita acceso a capital, tecnología y mercados; Estados Unidos, una plataforma confiable en un entorno cada vez más disputado. Esa convergencia no responde a afinidades ideológicas, sino a una lectura racional del contexto.
Las inversiones en energía limpia, digitalización y capacitación laboral son ejemplos de cooperación efectiva. No se trata de dependencia, sino de complementar capacidades: Panamá aporta ubicación, conectividad y apertura; Estados Unidos, innovación y escala. El resultado es un ecosistema más sólido para ambos.
La clave está en no idealizar la relación, sino gestionarla con madurez. Panamá debe defender sus intereses sin caer en discursos nacionalistas vacíos, y Washington debe entender que la colaboración es sostenible solo si es equitativa y tangible.
En la práctica, lo que une a ambos países no son los comunicados, sino los datos: comercio fluido, proyectos compartidos y estabilidad macroeconómica. Y en un tiempo donde la incertidumbre global se multiplica, esos son los verdaderos símbolos de cooperación.

