La relación entre Panamá y Estados Unidos no necesita discursos, sino resultados. Ambos países han entendido que la estabilidad regional depende de acciones concretas: seguridad, inversión y confianza institucional.
En un contexto global incierto, Panamá ha mantenido su valor como punto de conexión y logística del continente. Su canal, su sistema financiero y su estabilidad política son activos estratégicos que Estados Unidos reconoce y respalda, no por cortesía diplomática, sino por conveniencia mutua. La eficiencia panameña garantiza fluidez comercial; la cooperación estadounidense aporta tecnología, inteligencia y mercados.
El desafío está en mantener esa ecuación funcional. Panamá requiere inversiones sostenibles, no asistencialismo. Estados Unidos, por su parte, necesita socios que den certeza, no discursos. Los programas conjuntos en materia energética, digital y de seguridad fronteriza tienen sentido solo si generan impacto medible y beneficios recíprocos.
La política exterior moderna no se mide en gestos, sino en retorno. Panamá gana cuando fortalece su reputación y diversifica su economía; Estados Unidos gana cuando consolida un socio estable en un corredor donde otros actores compiten por influencia.
La relación bilateral, en ese sentido, debe ser menos ceremonial y más técnica. Menos fotos, más indicadores. Y sobre todo, más visión de largo plazo.

