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El mercado laboral panameño mejora en los indicadores que el Gobierno publica con más frecuencia y sigue estancado en el que define la vida de la mayoría. La desocupación cedió, las contrataciones registradas crecen a dos dígitos y el consumo interno repunta. Al mismo tiempo, cerca de la mitad de quienes trabajan lo hacen sin contrato, sin seguro social y sin ingreso previsible.
La tasa de desempleo cerró 2025 en 10.4%. Las cifras preliminares del primer semestre de 2026 la ubican entre 9.1% y 9.4%, según los datos oficiales citados por el Ministerio de Trabajo y Desarrollo Laboral. Es la primera vez en tres años que el indicador vuelve a un solo dígito.
El movimiento tiene sustento. Entre enero y junio se registraron 174,383 contratos de trabajo en el Mitradel, frente a 142,391 en el mismo período de 2025: un alza de 22.5%. Entre octubre de 2024 y septiembre de 2025 se crearon 63,078 empleos formales en el sector privado. El consumo interno creció 14% respecto al primer semestre del año pasado.
Lo que un contrato registrado no dice
Un contrato inscrito no equivale a un empleo nuevo ni a un empleo que dure. El registro sube cuando una empresa contrata por temporada, cuando renueva a alguien que ya tenía o cuando formaliza a un trabajador que llevaba meses en la planilla informal. El grueso del aumento se concentra en construcción, comercio y logística, tres actividades con alta rotación.
La distinción importa para leer el año. Un repunte alimentado por obra pública y temporada comercial puede revertirse cuando el ciclo se enfríe, sin que nada estructural haya cambiado. La medición dura sigue siendo la Encuesta de Mercado Laboral del INEC, que llega con rezago y captura lo que el registro administrativo no ve.
La economista Yariela Zeballos advirtió que la recuperación «es todavía frágil y no garantiza que las familias panameñas tengan poder adquisitivo para sostener sus necesidades básicas». Es la diferencia entre tener trabajo y tener un ingreso que alcance, que ningún dato de desempleo captura por sí solo.
La informalidad como techo
Cerca de 49% de la población ocupada trabaja en la informalidad. Ese porcentaje no es solo un problema social: es un límite económico concreto. Un trabajador informal cotiza poco o nada a la Caja de Seguro Social, tributa menos, accede con dificultad al crédito formal y carece de protección ante una enfermedad o una caída de la demanda.
Para el fisco significa una base contributiva más estrecha justo cuando el Estado necesita ingresos para sostener la inversión y el gasto social. Para el sistema financiero significa un mercado hipotecario y de consumo que no puede ampliarse al ritmo del empleo total. Para el país significa que el crecimiento agregado se transmite con retraso al bolsillo del hogar promedio.
La economía panameña se expandió 4.9% hasta mayo, impulsada por logística, comercio y construcción. La brecha entre ese ritmo y la percepción cotidiana de las familias se explica en buena medida por la composición del empleo que ese crecimiento genera.
Dos lecturas del mismo dato
El ministro de Economía y Finanzas, Felipe Chapman, ha sostenido que la economía crece y que la recuperación del empleo empieza a mostrar resultados. La lectura es defendible con los números en la mano: hay más contratos, menos desocupación y más consumo que hace un año.
La objeción tampoco es ideológica. Si la mitad del empleo sigue siendo informal y el nuevo empleo formal se concentra en actividades cíclicas, la mejora depende de que el ciclo continúe. Un país que sale de una recesión de la minería y de un choque de confianza necesita comprobar que el empleo aguanta cuando la obra pública deje de crecer.
Qué observar en los próximos meses
Tres indicadores permitirán distinguir recuperación de rebote. El primero es la próxima Encuesta de Mercado Laboral del INEC: si confirma la caída del desempleo y muestra retroceso de la informalidad, la mejora es real. Si baja el desempleo pero sube el trabajo por cuenta propia, el ajuste ocurrió por otra vía.
El segundo es la afiliación a la Caja de Seguro Social, que registra empleo con contribución y es más difícil de inflar que un conteo de contratos. El tercero es el salario real: con inflación baja, cualquier aumento nominal se traduce en poder de compra, y ahí se verá si el empleo nuevo paga mejor o solamente ocupa a más gente.
El Gobierno tiene margen para presentar 2026 como el año en que el empleo dejó de caer. Convertirlo en el año en que el empleo mejoró exige que los contratos se sostengan más allá de la temporada y que la informalidad —el dato que no se ha movido— empiece a ceder.
